Herederos del Caos

Percepción del «Mundo Inmundo» de Saintus

 

Por Alberto JIMÉNEZ URE [*]

 

Es rigurosamente cierto en el Mundo Inmundo [1] de Marie Josué Saintus: la perversidad puede ser una forma válida de existencia. Cuando la intelectual se comunicó inicialmente conmigo, lo hizo de una forma tan original que –de inmediato- le pregunté si escribía. Mi sospecha estaba fundada: ya ella tenía en prensa la mencionada compilación de sus extraordinarios y primeros textos.

 Algunos son cuentos, sin duda impactantes: El tempo de la diosa oscura, La oveja negra, Jack, el oscuro y El ultraje (entre otros). En todos, la autora narra sin freno: es explícita, corrosiva, irreverente, persuasiva y nada moralista.

En El ultraje [2], por ejemplo, es imposible que el lector no experimente cierto terror frente al violador de una púber: «Esta tarde vi a una hermosa niña caminando cerca del lago […] Cerca de mi lugar favorito […] Tenía la cara bonita, tierna e ingenua como la Lolita de Nabokov, los senos pequeños y el culito repingón […] Dejé salir a la bestia que hay en mi […] Tuve que golpearla para que se calmara. Vi cómo se rendía, cansada de luchar…»  

 Todavía en los claustrofalaces se discute si la «Literatura Erótica (Perversa, Morbosa») merece la atención y el respeto de los investigadores de la Academia. Aún a quienes escriben con obvio desparpajo (como Marie Josué) ciertos críticos de «Culta Cofradía Universitaria» le deparan el correspondiente enjuiciamiento por cometer, por «delinquir» mediante la redacción de cuentos o novelas que pudieran lucir similar a una alevosa falta de respeto. Tampoco da tregua a los lectores no académicos porque no tiene sentido la suspensión de la Razón Inmutable.  La narrativa de Saintus es divina e insolente. Pero, es preciso decir que supura inteligencia. No oculta «lo oculto heideggeriano», transforma el hiperrealismo en ficción que enfada. Abofetea, escarba nuestras conciencias y desflora la «Moral» de las mofetas de la Oficialidad Literaria.

 Cuando la Literatura no es odorífica ni hiede no merece ingresar al «Insepulto y de Nadie Territorio de la Ficción», donde la Razón Inmutable ejerce un dominio indiscutible. La Literatura tiene que conmover, seducir o esputar encima de la inextinguible e hipócrita «Humanidad». Las historias de Marie Josué Saintus no están destinadas a ser absorbidas por La Nada o el Agujero Negro que mantiene sitiado a los hacedores, sino que han irrumpido para felizmente perturbarnos. Su prosa semeja a una infalible y letal cepa infectomutante.

 Sólo despojándose de prejuicios frente a sus despiadados personajes, de esa forma los lectores no aviesos evitarían ser lastimados por la escritura de Saintus. Pero, estoy convencido que son más peligrosos los creadores que se enmascaran para intentar mostrarnos que no tienen la psiquis torcida: esos que, contrario a Marie Josué, maquillan cobardemente la sustancia que fortalece el acto escritural.

 En Mudo Inmundo Marie Josué igual inserta apotegmas interesantes, muy mordaces: «Debes escribir no sólo para destruir, no sólo para conservar, para no transmitir, escribe bajo la atracción de lo real imposible, aquella parte de desastre en que zozobra, a salvo e intacta, toda realidad» [3]. Excelente, afirmo, este iniciático libro de una joven, vanguardista y talentosa escritora residenciada en Caracas y a quien me placerá conocer personalmente.

[1] SAINTUS, Marie Josué: Mundo Inmundo.- Edición de Comala /Caracas, 2008.

[2] Ob. Cit., LI-LII

[3] Idem., CXCIV

[jimenezure@hotmail.com] 

Alberto Jiménez Ure es escritor. 

 

 

 

Leer el mundo con Bravo

 

 

Por Alberto JIMÉNEZ URE [*]

 

Enriquecedora y grata experiencia tuve adentrándome al libro Leer el mundo de Víctor Bravo (Veintisieteletras, Madrid, España, 2009). Recordé a Hermann Hesse, su novela intitulada El juego de abalorios (1943) y la fascinante «Arcadia» donde cohabitaban privilegiados y sedentarios individuos cuya misión era la búsqueda y fortalecimiento del genio provecto: de la macerada sabiduría. Empero, ¿por qué?

Es indiscutible que Leer el mundo es una especie de vigoroso compendio de reflexiones e ideas personales, convites y refutaciones que fluidamente Bravo asume tras sus prolongados años de Academia y ejercicio intelectual afianzado en una envidiable percepción universal del homo. Ya el himen del libro nos advierte que, más allá del zaguán, Bravo iluminará nuestro recorrido desde y hacia los primeros tiempos: cuando la Palabra comenzaba a ser «investida de autoridad» frente a la ausencia primitiva de leyes u orden en el ámbito del Conocimiento Humano:

«Es la verdad de las sociedades míticas y religiosas que en la modernidad refluye en las diferentes versiones de los totalitarismos, sociedades asertivas, identitarias, cohesionadas por hilos genealógicos y por el principio incuestionable de la obediencia» […] «Cada paradigma o epístome legitimaría una forma de verdad» (Ob. Cit., p. 14)

 En este albo texto de Víctor Bravo (venezolano, Doctor en Letras n. en 1949) suscita estupor la lógica erudición de alguien que, dotado de formidables cualidades intelectuales, ha exitosa y fidedignamente consagrado su vida al estudio y la Academia. No son sus formulaciones petardos de una mente intuitiva. Sus juicios son deductivos, nunca mezquinos porque nada conceden a La Cábala, sino que ha libado Pócimas de La Ecclesia que finalmente exhiben el blindaje de su hermenéutica personal. Y nos dice:

 «Desde su aparición en la Tierra, por medio del lenguaje, el hombre produce y consume relatos» […] «El hombre que habla es, inmediatamente, el hombre que cuenta» (Idem., p. 26)

 Bravo nos guía con su prosa, nos lleva por el sendero de lo hermoso intelectual que todos los escritores y lectores miramos similar a Konstantino Kavafis cuando extasiado pronunció: «Contemplé tanto la belleza,/que mi visión le pertenece» (Poesías completas, Ediciones Peralta, Madrid, 1978; p. 87). El ensayista indaga respecto a la destrucción de lo Divino, e igual su trascendencia: su secularidad, su perversión y también su ininterrumpida progresividad mediante la lucubración que lograría cual vindicta el parto de la Palabra:

 «Sacralidad y poder acompañan a la escritura. En las ciudades primero, y en la configuración de los Estados, después, la escritura ha sido siempre arma de control y de homogenización» (Ibídem., p. 66)

 Cuando Bravo medita sobre la reincidente quema de libros (práctica infame inaugurada en Alejandría) que todavía provoca perplejidad en los cultos y letrados, afirma algo que sella –definitivamente- su adhesión y defensa de la legitimidad de la trascendencia como irrecusable tesis espiritualista: «El poder dogmático, absoluto, levanta sobre el libro una prohibición y una hoguera» […] «El libro herético ha sido perseguido por siglos» [Ibídem, p. 101] En este novísimo libro, el lego y sesudo ensayista se avoca de modo múltiple al Nacimiento de la Palabra, su fecunda procreación y horizontal desarrollo hacia la lógica complejidad que le aguardaría. Los ideogramas (figuras o dibujos que registraban o contaban historias) experimentarían un cualitativo salto adelante con la irrupción de vocales y consonantes que dan cuerpo a las formulaciones fonemáticas y sintagmáticas adecuándose a la insólita propensión del cerebro humano al pensamiento abstracto. Víctor Bravo defenestra a la lesiva ignorancia frente a la cual, impiadoso, jamás transige.

[*] Escritor venezolano adscrito a la Universidad de Los Andes (jimenezure@hotmail.com)