Herederos del Caos

CARLOS ALMIRA PICAZO

    

 

   

EL  ORIGEN  DEL  UNIVERSO

 

 Pocas horas antes de recibir el Premio Nóbel del Física, el profesor Yuri Orlov, de la Academia de Ciencias de la URSS, fue hallado muerto en su habitación del hotel Selma Laguerlof de Estocolmo. Se había suicidado.

     Junto al cuerpo, como en una película policíaca, muy cerca de un charquito de sangre, había una carta. Algo más lejos estaba la pistola.

     El Juez decretó el secreto de sumario, pero el escándalo ha traspasado las fronteras. Nadie fuera de un círculo de media docena de personas ha tenido acceso aún a la carta, pero su contenido, deformado, exagerado si se quiere, circula ya. La Agencia Frans Press y la Agencia Reúter han adelantado alguna información de fuente fidedigna.

     Por otra parte, la vida del doctor Orlov, un perfecto desconocido fuera del ámbito científico, no esconde aparentemente ningún misterio: nacido en Moscú en 1891; de familia depurada por la Revolución y posteriormente rehabilitada; miembro del Partido desde 1919; doctor en Astrofísica por la Universidad de Leningrado, en 1924; movilizado como reservista con el grado de capitán en 1941; condecorado por su participación en la defensa de Stalingrado, donde estuvo a punto de perder la vida; miembro de la Academia de Física de Moscú en 1957, y de la Academia de Ciencias de la URSS en 1961; Premio Nóbel de este año por sus teorías sobre el origen del Universo.

     Después de la guerra estuvo internado casi un año. Superado el bache, en un lapso de dos años desarrolló su teoría fundamental de “las Burbujas”. Los años siguientes se limitó a completarla matemáticamente. El círculo de Kruschev se fija en él, y salta de la oscura Universidad de Odessa a una cátedra en Moscú, y posteriormente a las Academias antes mencionadas.

     No se le conocen otros desarreglos en su vida. Completamente entregado a su trabajo, no se casó ni tuvo aventuras de mayor importancia. De su extensa familia, sólo le quedaba una tía con la que vivía solo, cerca de Moscú. No bebía ni se drogaba, ni participaba, que se sepa, en actividades ni grupos anti soviéticos.

     Las autoridades soviéticas, por cierto, ya han reclamado su cuerpo y, a falta de éste, han celebrado sus funerales con honores de Estado en Moscú. También han solicitado la carta al gobierno sueco. Por su parte, la Fundación Nóbel ha decidido mantenerle el Premio a título póstumo y ha suspendido todas sus celebraciones en señal de luto.

     Quienes lo han tratado en los últimos años coinciden en describirlo como un hombre alegre, incluso jovial, aunque algo quisquilloso, y muy celoso y reservado con sus cosas. Su aspecto físico parece abonar esta impresión: más bien bajo, grueso, de facciones rotundas pero armoniosas. Con voz de contralto.

     La clase de hombre a la que uno no se imagina enemigos.        

     La razón por la que le han dado el Nóbel son sus teorías sobre el origen del Universo. A las demostraciones matemáticas ha añadido incluso una experiencia real con partículas de agua. Aunque los detalles sólo son accesibles a especialistas, la teoría es relativamente sencilla y puede resumirse así:

     antes de formarse, el Universo estaba compuesto de “vacío”, es decir, de un tipo de energía que ya no existe, y de la que salió la materia, la energía y la luz que nosotros conocemos; este vacío se caracterizaba por una extraordinaria inestabilidad, al igual que el agua que, en determinadas circunstancias, permanece aún líquida por debajo de los cero grados centígrados; en el caso del agua, basta que un niño toque levemente su superficie, cuando está en tal estado de sobrefusión, para que inmediatamente todo un lago se congele; fue precisamente la observación de este hecho común lo que llevó al profesor Orlov a formular su teoría sobre el origen del Universo.

     Hechas las primeras investigaciones, el juez ha remitido a su homólogo del Tribunal Supremo en Moscú el caso, cadáver y carta han viajado a aquel país y han desaparecido tras el telón de acero. La explicación oficial es: suicidio, posiblemente causado por una fuerte depresión nerviosa.

      No obstante se ha sabido que la pistola era su antigua arma de capitán, y que la carta, al parecer breve y esclarecedora, llevaba ya redactada desde los días inmediatos al fin de la guerra, es decir ¡unos veinte años! La fecha viene a coincidir con la estancia de Orlov en la clínica de reposo de Odessa entre 1945 y 1946, de la que hemos hablado.

     Ningún medio hasta la fecha ha puesto en duda la versión oficial. Se han deslizado aquí y allá algunas elucubraciones, se ha hablado mucho del profesor Orlov como científico, y eso es todo.

     Eso era todo hasta que ayer, paseando por los puestos de viejo del Sena, encontré un tomito titulado: “Hazañas de la resistencia en Stalingrado”. Me había olvidado del asunto. Cuando llegué al siguiente párrafo, sentado en un embarcadero ya casi a oscuras:

     “la noche del veintitrés de octubre de 1944 nuestro capitán se decidió, al fin. No quedaba una casa en pie en toda la aldea. Las avanzadillas de Von Paulus nos hostigaban día y noche, intentaban desesperadamente escapar antes del nuevo invierno. Esa noche nuestro capitán, Yuri Orlov, miembro del Partido, nos ordenó cruzar el río y quemar todo lo que no pudiésemos llevar encima.

     En cuanto caballos y hombres agitaron el agua, borrosos entre la oscuridad y la nieve, el río se congeló apresándolos como un cepo. El capitán se salvó al ir a caballo. Yo era el último rezagado en la orilla. Huí para no ser declarado desertor y fusilado aquella misma noche.

     Los alemanes debieron quedarse estupefactos ante aquella comitiva congelada en medio del río…”

     La casualidad me había llevado a aquel libro y a aquel sitio. La casualidad llevó al capitán Orlov al río que lo volvería loco y que le inspiraría su más famosa teoría científica.     

 

 

 

 

 Carlos Almira Picazo.

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Nació el 31 de mayo de 1965 en Castellón de la Plana, España.

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Autor de una novela en papel: Jesuá, ed. Entrelíneas, Madrid, 2005; de un ensayo en papel: ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43), Editorial Comares, Granada, 1997; de una novela en formato digital: Todo es Noche, Prometeus mdq, abril 2007; y de un centenar de cuentos y ensayos, publicados en revistas como Adamar, Axxon, Ed. Badosa, Destiempos, El Coloquio de los Perros, Cañasanta, Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El Fantasma de la Glorieta, Revestidos, Tiempos Futuros, Quaderns Digitals, Literae Internacional,Ariadna, Fábula, Cuadernos del Minotauro, etcétera.